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Franco Rodriguez el ciclista Riosegundense completo la odisea de llegar a Río de Janeiro

Franco y dos amigos unieron Córdoba con Río de Janeiro en bicicleta. Llegaron ayer, después de 40 días de viaje.

Una olimpíada dura cuatro años. Es el tiempo que va desde un Juego Olímpico al que le sigue. Pero este grupo de amigos tuvo su propia “olimpíada”, que les demandó 40 días y terminó, al igual que la que comenzó allá por 2012, en Río de Janeiro 2016.

Lucas Ledezma (28 años), Luis Paolini (29) y Franco Rodríguez (31) son “profes” de Educación Física egresados del Ipef. Allí se conocieron y comenzaron a forjar una amistad que por estos días se transformó en locura: unieron Córdoba con Río de Janeiro en bicicleta para darle vida a la “Cruzada olímpica por el juego y el deporte”.

Lucas es quien oficia de vocero en este grupo de amigos. Y explica la razón de ser de esta Cruzada que es un proyecto conjunto con la Agencia Córdoba Deportes, la Secretaría de Deportes de La Rioja y las municipalidades de Toledo y de Pilar.

“En los 3.500 kilómetros que recorrimos pasamos por algunos colegios con la idea de fomentar el juego y el deporte”, argumenta el cordobés de Toledo.

“Me pareció necesario aprovechar esta oportunidad para que sirviera como ejemplo de esfuerzo, de trabajo en equipo, de solidaridad. Y que de paso llevaran a distintos lugares el mensaje sobre la importancia que tiene la iniciación deportiva”, fundamenta Medardo Ligorria, en nombre de la Agencia Córdoba Deportes.

40 días de anécdotas

Lucas, Franco y Luis salieron desde el estadio Kempes el 21 de junio y después de 40 días de pedaleo llegaron ayer a la ciudad carioca. Su camino unió Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Misiones, en Argentina. Cruzaron a Brasil por Foz de Iguazú y allí siguieron viaje por los estados de Paraná, San Pablo y Río de Janeiro para llegar a la sede de los Juegos Olímpicos.

Se intoxicaron con una salsa que cocinaron en La Paz (Entre Ríos), se cruzaron con la antorcha olímpica en Ubatuba (San Pablo) y casi se dan vuelta en un barco cuando tuvieron que cruzar de una isla a otra en el litoral paulista.

Atravesaron lluvias, vientos, temperaturas bajas y altas. Y además de un consenso colectivo (“Todos nos decían que estamos locos”), hubo una reacción más positiva. “Nos tiraron muy buena onda. En estos últimos días nos alentaron mucho en la ruta”, cuenta el “profe”.

–¿Cuántas horas pedalearon por día?

–Hicimos entre 100 y 120 kilómetros, y dependiendo del clima, de la ruta, de todo, hemos pedaleado entre seis y 10 horas diarias.

–¿Las paradas a dormir eran programadas?

–Los primeros días nos hospedamos en lo de gente amiga. Después la gente nos fue dando una mano de forma espontánea, y en los lugares donde no teníamos dónde parar, dormimos en los polideportivos o en los bomberos.

–¿Cómo hacían con las comidas?

–Al principio fue fácil porque nos invitaban a comer: asado, locro, pizzas… Nos mimaron bastante. ¡Y en vez de bajar de peso, subimos! Después nos cocinamos nosotros, y ya en Brasil nos convenía comer en los bufet libres.

–¿Cómo anduvieron con la seguridad?

–Nos fue bastante bien. Fuimos muy precavidos. Tratamos de no pedalear tanto de noche.

–¿Y con los mosquitos?

–¡También! Pero los jenjenes, que son unas mosquitas chiquitas, nos liquidaron las piernas.
Ayer terminó para ellos un camino que atravesaron con “ansiedad, miedo, alegría, cansancio, y una mezcla de sentimientos que no se pueden explicar si no se los vive”.

Fuente: La Voz del Interior

 
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