Por: Ana Lógica

Aunque su nombre quedará grabado en los libros de historia como uno de los padres de la doble hélice de ADN, a James Watson le intrigan y le apasionan desde hace décadas los mecanismos que guían la formación del cáncer. Esta semana plasma su propia hipótesis sobre por qué sigue siendo imposible curar numerosos tumores en fase metastásica.

Y lo hace a su estilo, sin ahorrar un ápice a la polémica, como ya ocurrió con sus pasadas declaraciones sobre la inteligencia de la raza negra, el derecho al aborto libre para mujeres con hijos homosexuales o con esquizofrenia, como es el caso de su propio vástago.

En esta ocasión, el deán emérito del Laboratorio Cold Spring Harbor de Nueva York (EEUU) defiende en la revista ‘Open Biology’ el papel de los mecanismos de oxidación y las llamadas especies reactivas de oxígeno (radicales libres y otras moléculas que aumentan en determinadas situaciones de estrés celular) y alerta del peligro que puede suponer tomar antioxidantes cuando el tumor ya está extendido.

Pero además de lanzar su hipótesis científica sobre el papel que juegan estos elementos en el fracaso de las actuales terapias en tumores avanzados, incurables, Watson no ahorra críticas a la hora de valorar el papel de algunas instituciones, como la propia industria farmacéutica o el National Cancer Institute (NCI), en el desarrollo de nuevas terapias capaces de curar el cáncer algún día.

«El principal obstáculo para avanzar viene de la naturaleza conservadora del ‘establishment’ investigador en oncología (…) que sigue centrado en buscar cócteles de fármacos contra moléculas como HER2, RAF o mTOR», apunta el octogenario investigador.

Sobre la principal institución oncológica de EEUU, el padre del ADN asegura que una parte importante del presupuesto del NCI está demasiado presionada por el llamado ‘Atlas del Genoma del Cáncer’ (TCGA, según sus siglas en inglés). «Aunque apoyé inicialmente este proyecto, ya no lo hago. Una inyección anual de 100 millones de dólares así gastados no va a generar el verdadero avance que necesitamos desesperadamente [para tratar tumores incurables]», critica.

E incluso aunque la industria farmacéutica fuese capaz de ver la importancia de las moléculas antioxidantes que él propone, prosigue, «se centrarían de manera natural en grandes tumores, como el de mama o el de pulmón, pero raramente en otros más infrecuentes como el melanoma o el de páncreas».

Para concluir su alegato contra el actual estado de la investigación oncológica, Watson remata: «El principal factor que impide que el cáncer metastásico sea curable en no más de una década no será pronto la falta de conocimientos, sino la incapacidad mundial para colocar con inteligencia nuestros recursos monetarios en la dirección adecuada».

A lo largo de ocho páginas, Watson defiende que, al contrario de lo que han mostrado numerosas investigaciones, los antioxidantes podrían en realidad promover la progresión de la enfermedad en fases avanzadas. «Si no somos capaces de reducir los niveles de antioxidantes, el cáncer en estadios avanzados seguirá siendo incurable de aquí a 10 años», concluye.