Incluso entre las perspectivas feministas hay miradas diferentes sobre el trabajo sexual. Las abolicionistas consideran que debería evitarse, pero no es la única corriente.



En junio de 2020, el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación incluyó el trabajo sexual dentro del Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular. A las pocas horas, eliminó esa categoría y se visibilizó así un viejo debate entre regulacionistas y abolicionistas, que aún no ha sido zanjado

¿La prostitución es un trabajo, y por tanto debería reconocerse como tal y reglamentarse? ¿O se trata de un tipo de violencia que debiera erradicarse?

En torno a la prostitución hay tres posturas: prohibicionista, regulacionista y abolicionista. En Argentina, prevalecen las dos últimas. En Córdoba, desde el sector que lo ejerce, más que a la regulación, apuntan al reconocimiento de derechos básicos.

La posición regulacionista postula que el trabajo sexual debe reglamentarse, dado que, como cualquier otro, ofrece un servicio. Y el abolicionismo sostiene que, si bien no debe penarse ni prohibirse (como propone el prohibicionismo), el Estado tiene que perseguir a quienes explotan a las trabajadoras sexuales y ofrecerles alternativas reales de trabajo para que dejen la prostitución.

Desde 1936, Argentina tiene una posición abolicionista. A fines de ese año fue sancionada la ley de profilaxis de enfermedades venéreas. Con ella, la prostitución a título personal y sin autorización estatal dejó de ser delito; y en cambio, se penalizó el establecimiento de locales donde se ejerza o incite la prostitución.

No obstante, aun desde el abolicionismo, algunos sostienen que lo único que se hizo en el país fue cerrar prostíbulos. Pero no la actividad.

“Las mujeres fuimos arrojadas a las calles y la prostitución se clandestinizó. No se nos garantizó trabajo, vivienda ni educación. Tampoco pensiones no contributivas. Le exigimos al Estado que, en función de todos los tratados internacionales a los que ha adherido, rescate a las víctimas de prostitución y de trata que hay en el país”, señala Alika Kinan, víctima de trata y de explotación sexual durante 16 años.

Kinan, quien actualmente dirige el Programa de Estudio, Formación e Investigación sobre Trata y Explotación en la Universidad de San Martín (Unsam), y que ha recibido distintos reconocimientos a nivel internacional, sostiene que “tenemos un Estado proxeneta”.

Además, dice que el trabajo sexual no existe en Argentina, dado que no está legislado. Para Alika, la prostitución es una forma de violencia extrema. “Como feministas, decimos que nos mueve el deseo, ¿a dónde queda nuestro deseo en la prostitución?”, cuestiona.

Opina que muchas mujeres no se reconocen como víctimas porque naturalizaron la explotación sexual. “En algunos casos, porque lo hacen desde niñas”, dice.

Esta mujer, que en 2016 llevó a juicio a sus proxenetas y al Estado por infringir la ley 26.842 de trata de personas, asegura que no se opone al sexo. “Estoy a favor del sexo, del disfrute, del placer, pero la prostitución no tiene nada que ver con eso”, sostiene.

Alika Kinan, referente abolicionista. (Nicolás Bravo/La Voz)

EXPLOTACIÓN, TRATA Y FEMINISMO
Aunque Kinan reconoce que algunas mujeres pueden libremente elegir el trabajo sexual, asegura que se trata de una situación de excepcionalidad.

“La prostitución alimenta la trata de personas. A mayor prostitución, mayor demanda”, señala. Y dice que a la “puta” se la construye: “Se le van quitados derechos hasta que la empujás a la prostitución”.

Sobre cómo coexisten las posiciones abolicionistas y regulacionistas dentro del feminismo, es categórica: “No conviven. Nos quieren presionar con financiamiento internacional a aceptar la prostitución como un trabajo. Voy a seguir peleando para que eso no pase”, remarca.

“Algunos tienen una visión romantizada de la prostitución, como forma de trabajo. Mi lógica como feminista y como sobreviviente es que no hay discusión respecto a la prostitución. Es una forma de violencia y punto”, dice.

Diana Maffía es doctora en Filosofía. Lleva más de tres décadas de militancia feminista y también defiende la posición abolicionista. En diferentes presentaciones ha aclarado que las feministas abolicionistas están en contra de la criminalización y del sistema prostituyente que explota, y en defensa de las personas en prostitución, siempre que no sea en condiciones de explotación.

Para ella, quien comete el delito es quien obliga a otra persona a prostituirse. Y, al igual que Kinan, exige al Estado que brinde alternativas para que la prostitución no sea un destino.

Maffía propone analizar por qué la mayoría de los cuerpos que se prostituyen son mujeres o travestis, y por qué la mayoría de los que consumen son varones. “Estos no son cuerpos de mujeres libres, sus cuerpos le pertenecen a cualquier varón que quiera consumirlo. En el mercado de la prostitución, las mujeres somos la mercancía, lo objetificado”, sostiene.

Diana Maffía. La Voz (Archivo)

También ha señalado que no ve a la prostitución como un trabajo donde se dé un salario a cambio de un servicio o de una mercancía. En cambio, señala que lo que ve se parece más a una situación de esclavitud.

Lo explica así: en la prostitución no se intercambia sexo por sexo de una manera que sea placentera para la trabajadora, si no que se sigue la indicación de la persona que paga por esa relación.

Para esta filósofa, el aspecto moral que la pone en confrontación con la prostitución no tiene nada que ver con la sexualidad, si no con las relaciones de poder y con transformar a un sujeto –que debería ser trascendente y autónomo– en una mercancía.

UN CONCEPTO DIFERENTE
Del otro lado de la discusión se encuentra Eugenia Aravena, fundadora de la filial Mujeres Meretrices de Argentina en Córdoba (Ammar). Para ella, la prostitución es una actividad libre y consensuada que realizan mayores de edad y que no involucra a terceros.

“No está prohibida, por lo tanto no es un delito ejercerla”, sostiene. Para Aravena, es importante remarcar la diferencia entre prostitución, explotación sexual y trata de personas. Y considera que hay un “mapa generalizado” que confunde los términos.

“La explotación sexual es cuando alguien se beneficia de tu trabajo para garantizar que vos puedas realizar la práctica. Y la trata de personas es captación, engaño, extorsión. Ambos son delitos. No es lo mismo”, marca.

La fundadora de Ammar Córdoba exclama que existe mucha “hipocresía” en los argumentos abolicionistas y que faltan debates sociales sobre la cuestión. “Si la oferta existe, es porque hay demanda. La prostitución les da de comer a un montón de personas. ¿Por qué no hablamos del tema? Porque la sociedad no se quiere hacer cargo”, expresa.

Eugenia Aravena (Ramiro Pereyra/ La Voz).


En Córdoba, el sector no se muestra de acuerdo con la regulación del trabajo sexual porque considera que exige mayores controles sobre quienes ejercen la práctica, y eso refuerza la estigmatización.

“Es más amplio el debate. Pedimos avanzar contra la criminalización y también acciones que apunten a mejorar la calidad de vida, salud, derechos, facilitar accesos y programas educativos”.

Según Aravena, el discurso abolicionista y de la sociedad misma tiende a invisibilizar la diversidad del sector: “Hay muchas identidades que ejercen el trabajo sexual: gays, lesbianas, transexuales, bisexuales. Tenemos que dejar de pensar que somos sólo mujeres paradas en una esquina”.

“Se piensa que somos mujeres que no sabemos lo que hacemos, y que hay que rescatarnos de esta vida porque estamos siendo violadas, y no es así. Hay un discurso no elaborado que nos dice lo que somos”, apunta.

DIVERSIDAD Y OPRESIÓN
Emma Song, feminista prosexo con importante trayectoria en el activismo, apunta que la “opresión” es el concepto clave en el debate entre ambos sectores. “Las abolicionistas marcan a la prostitución y a la pornografía como los dos grandes ejemplos de opresión porque darían lugar a la desigualdad entre los géneros en términos heterosexuales”, explica.

“Pero el feminismo prosexo piensa que la opresión aparece en los términos del placer sexual, entonces la opción no va a ser abolir el sexo, sino tratar de construir otro imaginario sexual en la sociedad”, remarca.

Song considera que tanto la pornografía como el trabajo sexual permiten hacer un uso del cuerpo para negociar “más y mejor”. Y cuestiona: “Es muy extraño que el feminismo niegue esa posibilidad”.

LA PERSPECTIVA SOCIAL
Respecto a los debates sociales actuales, Song interpreta que el feminismo abolicionista “tuvo un impacto mucho mayor en políticas que el otro feminismo, porque es mucho más accesible para cierta manera conservadora de pensar el sexo y la relación sexual”.

En la sociedad está instaurada la idea de que es polémica la transacción económica en una relación sexual; y cuando un hombre paga por sexo, se enmarca en conductas misóginas. Pero esta activista afirma que “no hay hombre que no pague por sexo”.

Y se explica: “En un vínculo entre un hombre y una mujer existe necesariamente un intercambio. Llamémosle matrimonio, amistad o trabajo sexual. Lo que se obtura en nombre de amor o relación sexoafectiva implica un intercambio de valores que es necesariamente económico, en el sentido amplio de la palabra”.

“Todos sabemos el dinero que implica una cita de una sola noche. Muchas veces se presupone, e incluso se espera, que sea el hombre el que deba afrontar ese gasto. Pero si se aclara el uso de ese dinero, todo el mundo se escandaliza”, finaliza Song.

Y el debate sigue abierto.

Esta nota fue publicada originalmente por Augusto Laros y Belén Pretto en el diario La Voz del Interior


Oct 3, 2021 , ,