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Ni lesbianas ni feministas, lumpenes

POR CARLOS BALMACEDA

A Lucio no lo asesinaron dos lesbianas.
A Lucio no lo asesinaron dos feministas.
A Lucio lo asesinaron dos lumpenes.

La condición de lumpen se ha enseñoreado de la sociedad argentina, degradándola y envileciéndola, y a ella pertenecen estas dos mujeres.

El lumpen es un desclasado carente de vínculos con la sociedad, una vida que empieza y acaba con sus intereses inmediatos: la satisfacción instantánea, el egoísmo desbordado, un consumidor de sensaciones dispuestas para el aquí y ahora.

Esa disolución de la condición humana en una animalidad planificada es la que terminó con la vida de Lucio.

Ese monstruo lleva casi medio siglo entre nosotros, y remite a las prevenciones del general Perón frente a lo que llamaba la destrucción del hombre argentino.

Su fecha fundacional sobreviene con el Rodrigazo y se prolonga a partir de la dictadura, extendido en una democracia de baja intensidad que no cura, no educa ni da de comer.

Para la sociedad con la clase media más poderosa de América Latina y el país soberano que intentó industrializarse y murió en el intento, la caída en lo lumpen es el único destino posible que sus clases dominantes le asignan: una lenta destrucción entre los escombros de lo que alguna vez quiso y no alcanzó a ser.

En ese descenso, cada argentino atravesado por la decadencia, de un modo o de otro porta signos de lo lumpen.

Abigail y Magdalena tienen 24 y 27 años. Nacieron durante el menemismo, cuando lo lumpen se vistió de brillantina y celebró a pura falopa la entrada del país en el primer mundo.

La construcción política del kirchnerismo, ahora lo sabemos con el diario del lunes, fue tibia e insuficiente, porque para revertir la caída lumpen y superar los límites de la neocolonia, se impone un proceso de carácter revolucionario, y mirar el alma del país con la amargura y al mismo tiempo la esperanza de un Scalabrini, de un Jauretche, de un Hernández Arregui.

No pretendemos diluir la culpa de las asesinas en un proceso histórico, sino situarlas y determinar una primera condición para el acto bestial que cometieron.

Hacer lo contrario sería caer en el espejo invertido del género, que cuando habla de un varón heterosexual lo llama “hijo sano del patriarcado”, que al asesinato de una mujer le asigna una causal de odio basada en el sexo, que en definitiva, siguiendo el guión del capital financiero trasnacional, subsume la condición de clase a la de género.

“Papá, por qué puedo cambiar de sexo y no dejar de ser pobre” pregunta un niño a su padre en una tira del dibujante español El Roto. “Porque es más fácil, hijo, porque es más fácil”.

La historia ilustra en lucida síntesis la cuestión: que un 63% de los niños argentinos se encuentre bajo la línea de la pobreza, esto es, en peligro constante como Lucio, se barrerá bajo la alfombra. Lo central es que pueda elegir un género y no el menú de esta noche.

El estado nacional habría escuchado a Lucio si manifestaba su deseo de cambiar de sexo: clínicas de hormonización le hubieran abierto sus puertas del modo opuesto al que comisarías y juzgados las tapiaron frente al llanto y al dolor.

Por eso, en este contexto histórico, una de las veinte verdades peronistas hoy debería enunciarse así: “Los únicos privilegiados son los niños… que quieren cambiar de género”.

El género se ha convertido en la falopa ideológica de los argentinos. Se ofrece en cada esquina, y promete, como su sucedáneo químico, una eufórica felicidad instantánea emparchando con una identidad berreta huecos existenciales del alma.

Los 112 que un consultor de la ONU listó como posibles, auguran una humanidad con miles de millones de cápsulas aisladas reclamando por sus derechos de género y distraídas de sus demandas de clase.

En ese mundo feliz, quien pueda casarse con un árbol dejará de pedir por un plato de comida, convencido de que ha coronado su deseo, que su demanda de “goce” se ha completado, que lo más importante a lo que un ser humano puede aspirar, es a que el estado le reconozca una identidad de género.

Ese sujeto, sumido en la miseria, aislado de la sociedad, que antepone sus prioridades a una genuina construcción colectiva, será elaboradamente lumpen, como Magdalena y Abigail.

El género ha venido en su rescate para darles letra, excusas y justificaciones, les ha pulido la bestialidad en el discurso, las ha dotado de un dispositivo sofisticado en el que quemar los genitales de un bebé puede justificarse como el derecho a no “maternar” que el horrible patriarcado le impuso a las mujeres.

Si no hay comida, que haya símbolo, si no hay pan, que haya circo, pero no con leones y cristianos destrozados en la arena, sino con citas de Deleuze y apuntes de Judith Butler.

El Twitter de Abigail compendia la jerga y los lugares comunes del género: apostrofa al padre de Lucio como “provida”, le achaca el presunto abandono de su primer hijo y se reivindica como parte de la familia que sí puede contener a Lucio.

El feminismo lo ha hecho de nuevo; su pensamiento mágico decreta que la realidad se modifica con el voluntarismo de la palabra, y establece que de ahí en más, sobrevendrá un nuevo mundo.

Ayer nomás veíamos a las impugnadoras de Darthés declamar por las presuntas conquistas que alcanzaron. Poco importa que la realidad las desmienta, que esa escena de mujeres resulte extemporánea con Lucio como horroroso telón de fondo. Ellas dicen otra cosa, y, a puro toque de varita mágica, cambian el mundo.

Para ellas, la ley Micaela no es un formulario burocrático que se llena con un par de tildes, sino un plantel de empleados públicos deconstruidos, así como solo con usar el lenguaje inclusivo, todas las minorías serán respetadas.

En este menjunje, Abigail y Magdalena son tironeadas por la súper estructura cultural que les da letra, y la estructura económica que las despoja. Monstruo bicéfalo, la cocaína de género las complace, les asegura que son el sujeto de la historia, mientras les oculta la miseria que las atraviesa.

Por eso se insiste, si antepusiéramos la condición de género o la ideología de estas mujeres a la de lumpen, le haríamos el juego al feminismo punitivista que este servidor bautizó femirulismo. La falsa guerra en la que nos han embarcado es de género, cuando la verdadera sigue siendo -desde que el hombre de Tréveris nos la anoticiara-, de clase.

Que el BID conceda 200 millones de dólares para un Macri quebrado, imponiéndole que esa caja se destine solo a cuestiones de género, o que el New York Times tiña de verde su contratapa haciendo lobby por el aborto, es la guerra de género en la que el capital financiero pretende alistarnos.

Esa guerra, donde repentinamente “el violador eres tú”, y Evo Morales se merecía el golpe de estado que lo derrocó, por “machirulo”, no es la que tenemos que pelear, por eso, otra vez decimos “es la clase, estúpido” o “son los lumpenes”, almas y cuerpos esculpidos para la disolución a los que se les ha regalado el sonajero del género para combatir en una guerra que no nos pertenece.

Según trascendidos, Abigail y Magdalena habrían hecho una falsa denuncia de abuso contra el tío de Lucio para conseguir su tenencia. De ser así, es posible que los gritos con que este loco se desgañita en la ruta, se multipliquen de ahora en más. La industria de la mentira, que arrojó los huesos de miles de hombres a la cárcel, que logró que cientos de docentes se encuentren en peligro, o que también revisten entre los procesados, es denunciada por unos pocos como el que escribe, sin éxito. Pero ahora, padres separados de sus hijos y varones suicidados quizás tengan otra consideración pública. Si eso ocurre, de todos modos la muerte de Lucio jamás debió suceder, y habrá que rastrear la huella fina de la tragedia en un movimiento que entronizó burócratas y premió funcionarias. En la ministra de Género de la Provincia, Estela Díaz, que hizo méritos censurando periodistas, y en la de Nación, Gómez Alcorta, que llenó la ficha como abogada querellante con una falsa denuncia de abuso, encontramos algunas de las responsables institucionales del desastre.

Pero se insiste en el título del artículo, ni lesbianas ni feministas, lumpenes. Lo contrario sería enfrascarse en la guerra de los sexos y considerar, como hacen ellas, que un hombre es un potencial asesino por haber nacido como tal, que hay algo desviado en una mujer que ama a otra mujer, o que una feminista, incluso como las que expresan este grado de fanatismo autoritario, es capaz de asesinar a un bebé.

Cuando Flavia Saganías denunció falsamente al padre de su hija, provocando su linchamiento en manos de su madre, su hermano y un sicario, no era el carácter feminista el que arengaba a la muerte por escrache, sino una condición estructural a la que el feminismo adornaba como las grageas de colores a una torta. Que el discurso de odio inspire, direccione y determine, no debe hacernos perder de vista que esa lumpen llamada Flavia Saganías, fue atravesada por algo que el femirulismo potencia y legitima, pero que el mal, y la lucha para desterrarlo, se encuentran en un plano mucho más profundo.

¿Que allí hay que dar batalla? Por supuesto, eso es lo que hacemos desde esta columna, pero advertidos de que esa guerra es la disputa entre el Coyote y el Perro de la caricatura, que marcan tarjeta para el mismo patrón, y luego se pelean durante toda una jornada laboral para cobrar finalmente por la misma ventanilla.

Espert y Gómez Alcorta se necesitan, Estela Díaz y Milei son rivales miméticos. Bolsonaro y las feministas que lo terminaron entronizando, son un armado cultural que nos entrega, por vía de una disputa inventada, al saqueo.

Por eso, aunque mañana mismo se quemara todo el paco de género, las condiciones de bestialidad y violencia persistirían, los niños seguirían en un estado de absoluta indefensión, y crímenes como el de Lucio se repetirían.

Esto no significa ignorar el daño que las políticas de género nos han hecho, sino situarlas, advertir cómo operan y definir el rol de disciplinamiento social que cumplen.

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